Chicas muertas

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Selva Almada

Cuando leí Chicas Muertas tuve una sensación parecida a cuando vi una película de Lucrecia Martel. Una autora nos toma de la mano, y sin dar vueltas, nos lleva a ciertos lugares del país donde nunca habíamos ido y no se trata solo de geografía. Acá, con Selva Almada, tomé la ruta hacia unos pueblos del interior argentino, en los 80, y hoy, o más bien en el momento justo en cual se escribe la novela. Caminé por las calles, las plazas, los descampados, conocí una chica quien era a su vez todas las chicas de todos los pueblos. Selva me presentó su familia, me mostró su casa, su pieza y con quién la comparte. Si tiene cortinas en su ventana, si tiene puerta, si se cierra o se deja siempre abierta. Me mostró sus dias y sus noches, y volví alguna vez con ella a la madrugada, titubeando, después del boliche, que por cierto quedaba muy lejos. Conocí a sus novios.
La vi feliz con ellos, y también mal, aburrida, triste, preocupada, angustiada. La vi viajar en un colectivo, en el asiento pasajero, a la misma hora el mismo día, todas las semanas. Me pregunté a partir de qué edad sintió el miedo, y cuando yo escuche la palabra «femicidio» por primera vez. La perdí de vista un ratito, y me quedé sola en la terminal, esperándola en el bar, tomando un café demasiado ácido, escribiendo unas cosas en mi cuaderno. Un tipo no paraba de mirarme desde la barra. Me sentí incómoda y me fui sin terminar mi café. No vi más a la chica, pero si escuché a sus amigas llorar.

(Recomendado x Pauline Fondevila)

Agotado

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